miércoles 18 de noviembre de 2009

Radios piratas

Leo en alguna parte que el director de Onda Cero, Javier González Ferrari, ha señalado que el "gran inconveniente para la estabilidad de la radio es la piratería, alertando que este tipo de emisoras " son más que las legales” y las diferentes administraciones “se pasan la pelota y nadie hace nada para que se cumpla la ley".
Lo leo y me entra la risa floja, porque aquí en España lo de las emisoras piratas es algo que todo el mundo ha tolerado, ha soportado e incluso algunas cadenas han potenciado en algún momento. Yo comprendo que ahora les escueza que Jiménez Losantos, que no me gusta ni un pelo el tipo de radio que hace, pero que no está haciendo otra cosa que lo que también han venido potenciando desde hace muchos años con los pirata: Como no tenéis cobertura para todo el día, en las horas muertas pon la mía.
El tema de las emisoras piratas me recuerda la anécdota que viví hace muchos años, cuando yo trabajaba en una emisora pirata y una jueza de Sanlúcar de Barrameda me llamó a su despacho y me dijo que no podía seguir haciendo radio porque había una denuncia contra mí. Al preguntarle yo si iba a cerrar la emisora, me dijo que no, que la denuncia era directamente contra mí y que el único que no podía seguir emitiendo era yo, que los demás si continuaban no pasaba nada. Al final yo me quedé en la calle y mis compañeros continuaron con la emisora unos años más. ¿A que no lo entienden? Yo tampoco lo entendí en su momento, y me jodí.
A lo mejor también habría que recordarle al señor González Ferrari que las emisoras de radio en estos momentos son concesiones administrativas que hacen las comunidades autónomas y que si se miraran las condiciones que le pusieron, tendrían que cerrar la mayoría de ellas porque incumplen muchos de los puntos, entre ellos el del tiempo de emisión local de cada una de ellas, porque en su mayoría se han convertido en un poste en un pueblo de una cadena. Porque, aunque usted no lo diga, todas las emisoras que existen en los pueblos de España tienen la obligación de emitir una serie de horas con programación local.
Pongo el ejemplo de Sanlúcar de Barrameda. Tiene dos concesiones, Radio Sanlúcar y Radio Occidental, pues entre las dos no llegan a los diez minutos diarios realizados de programación local.
Por cierto que yo estuve trabajando en las dos emisoras, cuando de verdad eran emisoras locales, y algún día de estos les pondré una fotografía para que vean donde tenía que subir para hacer el programa de radio.

miércoles 7 de octubre de 2009

Radio Joven

Este artículito lo escribí y se publicó hace ya un montón de años. No recuerdo cuantos y lo quiero recuperar ahora, aunque es bastante simplón, porque lo he encontrado en uno de los montones de papeles antiguos que tengo por todas partes.
La foto es la misma que publicaba “Sanlúcar Informativo”.
Me piden los compañeros de "Sanlúcar Informativo" que les escriba unos folios sobre la radio. En un principio me lo pensé detenidamente y surgió en mi mente una pregunta. ¿Quién eres tú para escribir sobre un tema del que no conoces demasiado? Deja que sean otros con más experiencia los que se dediquen a estas historias. ¡Zapatero, a tus zapatos!.
Pero esta mañana me levanté y pensé que lo que debía hacer es contar modestamente esas vivencias de cuatro años en algo parecido a una emisora de radio, en Radio Joven.
Este artículo puede servirme como examen de conciencia de lo poco que he hecho ante el micrófono. ¿Por qué elegí la radio? Sinceramente creo que no fui yo quien eligió, sino que fue ella a mí. Un día me vi delante de un micrófono presentando un disco de Miguelito Bosé y el siguiente día con un programa de media hora. He de reconocer que me sirvió. Para mí fue ese clavo ardiendo al que se agarra uno cuando tiene demasiadas horas para pensar y ningún trabajo que hacer.
A pesar de que en la última etapa de Radio Joven nosotros cobrábamos una especie de sueldo, hay algo que tengo claro, nunca hice radio por dinero. A veces el aburrimiento, el estar asqueado, hace más que la falta de dinero. Al principio no sólo no cobraba, sino que le tenía que pedir a mi madre dinero para el autobús. Aunque, si he de ser sincero, no me arrepiento, para mí el tiempo vivido en la radio ha sido lo más importante de mi vida, en ella he pasado los cuatro mejores años, he sido feliz y no me importa reconocerlo.
¿Qué entiendo yo por un programa de radio?
Lo definiría en tres palabras: ilusión, alegría e imaginación.
La ilusión es imprescindible a la hora de estar delante de un micrófono, pero aún lo es más cuando se está delante de la máquina de escribir preparando un programa. La radio no puede ser fría en absoluto, hay que ingeniárselas para que todo lo que se diga tenga sentimientos, incluso la publicidad. Si esto no ocurre, nunca se llega al oyente.
La alegría es primordial. Al oyente que escucha un programa de radio no le interesa en absoluto si el que lo hace tiene problemas familiares o si le duelen las muelas. Todas las preocupaciones personales se deben dejar fuera del locutorio. Esto, que puede parecer imposible y cruel, no lo es. Cuando se está delante del micrófono sólo se acuerda uno de las personas que están escuchando el transistor.
Quizás la imaginación sea el pilar más importante sobre el que se sustenta todo buen programa de radio. Imaginación para que el oyente vea, sienta, viva lo que se le está contando.
Como digo, para mí, el éxito de cualquier programa de radio radica en estas tres palabras, pero también añadiría dos más: veracidad y naturalidad. Nadie soporta que se le engañe o que se le trate de manipular.
En cuanto a la naturalidad, me gustaría contar una anécdota que me ha ocurrido más de una vez. Alguna persona me ha parado por la calle y cuando han hablado un rato conmigo, han comentado. «Oye, pero si tú hablas por la radio igual que en la calle». Qué le voy a hacer, si no sé hacerlo de otra forma. A esta frase suelo contestar medio en serio, medio en broma con otra. «Sí, yo hablo igual en la radio y en la calle, pero en la radio no digo tacos». Los oyentes captan enseguida, aunque no lo parezca, cuándo se está fingiendo.
Otra de las preguntas que surgen en mi mente es ¿qué era Radio Joven?. Esto ya es más complicado de contestar, se han oído tantas versiones, comentarios y rumores que no me aclaro. Por no saber, yo creo que ni los que estábamos en ella sabíamos muy bien lo que era. Cada uno tenía una idea diferente de lo que era un programa de radio. Esto no significa que unos estuviésemos equivocados y otros no. Significa que la radio para cada uno es algo totalmente diferente.
Lo único cierto es que pasamos cuatro años maravillosos, con nuestras alegrías, nuestras tristezas, nuestros problemas y nuestras vivencias. Pero aquello pasó y creo que no es bueno vivir siempre pendiente del pasado o intentar resucitar lo muerto. En esta vida hay que continuar la andadura, no podemos pararnos en el camino o corremos el riesgo de ser atropellados por el carro de la nostalgia o la desesperación.
Para terminar me gustaría contar algunas anécdotas vividas en Radio Joven; con ellas comprenderán un poco mejor lo que era realmente.
Si tuviera que comparar a Radio Joven, lo haría con una de esas carrozas de carnaval, divertidas y con un largo recorrido. Lean si no el nuestro: salida, no recuerdo dónde; calle Pirrado, calle Diego Benítez, Rubiños, volvimos a Pirrado, Alto de las Cuevas, Bonanza, calle Fariñas y recogida en calle San Agustín. Pasamos por todo tipo de lugares, desde una buhardilla de tres por cuatro metros, en donde no había ni servicios, hasta una casa maravillosa, con un patio lleno de macetas y que dicen que fue de no sé qué virrey. Pasando por un cuarto que cuando llovía había que hacer radio con impermeable puesto o una casa en el campo en donde a un maravilloso pastor alemán sólo se le ocurría ladrar cuando estaba el micrófono abierto. ¡Todo un portento!
Algo intrínseco a Radio Joven eran las bromas que nos gastábamos unos a otros, sobre todo Luis Vázquez, José Antonio Hernández y un servidor. De vez en cuando nos hacíamos cosquillas cuando teníamos el micrófono abierto, nos tirábamos papeles o pintábamos la cara al que estaba delante del micro. Claro que el que era objeto de las bromas debía permanecer impasible mientras estaba en micrófono abierto e intentar que los oyentes no notasen lo que allí ocurría.
Recuerdo un día que Luis estaba dando en directo una publicidad, en un momento de la cual debía decir algo parecido a «Aluminios el Cubo. Ahora, más cerca de usted». Bueno, pues a José Antonio no se le ocurrió otra.cosa que poner un cubo en la cabeza de Luis mientras lo decía.. Por cierto que aquel día Luis se enfadó terriblemente, pero lo de Aluminios el Cubo lo dijo perfectamente con cubo y todo.
Mientras viva no se me olvidará la primera entrevista que hice en Radio Joven. Creo que siempre he tenido demasiado valor o he sido demasiado inconsciente. A mí no se me ocurrió, como hubiese sido lo normal, hacer una entrevista de tres o cuatro minutos, sino que comencé con una de hora y media todos los viernes de doce a una y media de la madrugada. Claro que como, además de un inconsciente, soy un desastre, no se me ocurrió preparar ni siquiera un guión, sino que fue improvisada, porque en aquel tiempo yo pensaba, estúpido de mí, que las entrevistas salían mejor de una forma improvisada y natural.
Llegó el primer viernes de programa y con él, el invitado. El primero debía ser el Alcalde, pero como estaba de viaje, fue José Antonio Sáenz de Baranda. Si quieren que les cuente cómo salió la entrevista, soy incapaz. Yo estaba bastante preocupado con el sudor que corría por todo mi cuerpo y con los temblores de las manos como para fijarme en las preguntas. Imagino que el Sr. Sáenz de Baranda notaría algo raro, yo por si acaso nunca le pregunté.
A la mañana siguiente llamó una señora diciendo que la entrevista había estado bien, pero que se me notaba algo nerviosillo. Yo, por supuesto, no contesté. Luego pasaron por el programa José Luis Medina, Isidro García del Barrio, Duquesa de Medina Sidonia, Antonio Aviles, Ramón Rivero y algunos más, y desde entonces tuve la precaución de llevar siempre las pregun-titas apuntadas en un papel, porque ustedes no se imaginan lo que dura hora y media.
Ahora, después de cuatro años, sigo preguntándome: ¿Quién me diría a mí que las entrevistas improvisadas y sin guión salen mejor?
Podría continuar contando anécdotas, pero el espacio se acaba y ya tendré tiempo de contárselas otro día si nos vemos o si, por lo menos, nos escuchamos.


Los aparatos ortopédicos

Hoy he visto a, la llamaré Carmen, porque no conozco su nombre. No he hablado nada con ella, simplemente estaba sentada en su silla de ruedas, con su padre en una mesa cercana a la que yo tomaba café en una fresquita calle de Sanlúcar de Barrameda.
No decía nada, ¡absolutamente nada!, sólo miraba con esos ojos negros vivarachos, y yo intentaba describir en el cuaderno que tenía delante de la mesa algo imposible, su pensamiento, el pensamiento de una niña que yo imaginaba sola, que se ve obligada a vivir en su pensamiento. Pero su mirada no era triste, no crean, que la alegría se puede llevar en el alma, que he visto a muchos hombres, mujeres y niños sin sus facultades mermadas que tienen la mirada completamente tristes.
El padre siempre preocupado por ella y por darle mucho cariño, acariciaba casi de forma mecánica su pelo, sus brazos mientras tomaba café y ella agradecía las caricias con una infantil sonrisa.
Carmen me ha hecho recordar algunos episodios de mi vida infantil, que hoy sin ningún tipo de pudor puedo decir que los recuerdos llegan a mi mente sin pena, ni amargura, si he de ser sincero.
De pronto me ha venido a la mente el único día en mi vida que lloré verdaderamente con amargura, que estoy seguro que cuando lo cuente mucha gente no lo llegará a creer, pero es completamente cierto.
Tendría yo unos catorce o quince años cuando los médicos decidieron que ya era hora de ponerme unos aparatos ortopédicos y que pudiera andar con bastones.
Recuerdo que cuando pequeñito había tenido unos, cuando tenía unos seis o siete años, de los que conservo la única foto que tengo de pie de mi niñez. No sé porque tengo la sensación que la única vez que me puse los aparatos fue aquella mañana para la foto, porque nunca más consentí ponérmelos y si mi madre me los ponía, me los quitaba en cuanto tenía oportunidad y por supuesto andar con ellos nada de nada, que para mí era mucho más rápido, más ágil y más efectivo desplazarme gateando, aunque mi madre se desesperara por la cantidad de pantalones que rompía y por no hacer caso de los médicos, aunque creo que ella también entendió que prefería a un niño de pantalones rotos, feliz a uno que anduviera con bastones e infeliz.
Pero claro, con catorce años ya no era cuestión de protestar y además no servía absolutamente de nada quitarme los aparatos ortopédicos, porque los hermanos hospitalarios en esto no eran para nada transigentes y me ponían en un rincón de la enorme sala con cuarenta o cincuenta camas y el hermano Rocamora me decía.
- Si te lo quieres poner te lo pones y si no quieres no te lo pongas, pero a donde quieras ir tendrás que hacerlo con ellos.
Como pueden comprender el hambre, el aburrimiento o las ganas de ir al servicio hacían milagros, duros milagros y poco a poco, con sudor, lagrimas y gran esfuerzo fui aprendiendo a utilizar los bastones y mis piernas se fueron acostumbrando a los rígidos hierros de los aparatos ortopédicos, pero les aseguro que fueron las únicas lagrimas amargas, verdaderamente amargas que he echado en mi vida, aunque conforme fueron pasando los días me alegrara de la intransigencia del hermano Rocamora.


Nota: Por aquellos años se grabó en San Juan de Dios una película llamada Johnny Ratón, que trataba sobre los niños de San Juan de Dios y en la película existe una escena muy parecida a lo que me ocurrió a mi cuando me pusieron los aparatos por primera vez, aunque sin tanto dramatismo como se pone en la película.

viernes 4 de septiembre de 2009

Un viaje en barco

Hace unos años tuve una experiencia que me gustaría contar porque creo que es parecida a lo que deben sentir los famosos, famosillos y famosetes con los ataques de las cámaras, micros, vídeos y ahora hasta con los teléfonos móviles que tienen opciones para todo, hasta para sacarte mientras meas entre coche y coche o grabarte mientras le cuentas algo íntimo y personal a ese amigo de copas en el que te refugias cuando empiezas a estar mal.
En ese tiempo trabajaba un servidor para la radio, por supuesto pirata, y para uno de esos periódicos de provincias, que suelen llamar corresponsal al que tienen en el pueblo pagándole tres pesetas por que le rellene una página.
Aquel día tocaba la presentación de una de las fiestas de ese pueblo, llamado Sanlúcar de Barrameda en la provincia, en este caso la provincia de al lado.
Para hacer una presentación rimbombante y de postín no se le ocurrió al señor concejal del evento otra cosa que montar a las fuerzas vivas de la ciudad, entiéndase a los presidentes de las asociaciones de vecinos, recreativas, deportivas, culturales, algunas personalidades locales, vamos los VIP de todo a cien y por supuesto los medios informativos, y meterlos a las ocho de la mañana en un par de autobuses y llevarlos a la localidad de la presentación.
Allí llegamos como a las diez de la mañana, con más hambre que un caracol en la vela de un barco, porque a los organizadores sólo se les ocurrió darnos en el camino una copita de vino moscatel, y a mí me pareció un poco cateto y provocador lo de llevarme el bocadillo de tortilla que tenía pensado. Bueno y también porque pensé que pararíamos por el camino a desayunar. Po no.
Toda la mañana nos tuvieron de aquí para allá, como puta por rastrojo, y en medio si aproveché para parar en un almacén y comprarme un bocadillo de chorizo que me supo a gloria.
A la una de la tarde era la recepción en el Ayuntamiento de Sevilla, que era donde se presentaba el cartel festivo, y allí si hubo algo de comer, sobre todo algún remedo de canapé pijo, pero que yo diría que más bien los habían sacado de un chino, en el supuesto que en aquellos tiempos existiesen tiendas de chino. ¿No es eso lo que suelen poner todos los ayuntamientos en sus actos protocolarios?.
Sobre las dos de la tarde ya se había acabado la presentación y los canapés mucho antes, pero no las sorpresas, porque ya nos habían informado que la vuelta la realizaríamos en barco. Sí, he dicho en barco. Pero en barco en plan crucero cutre, es decir que nos metieron en el barquito de la Marina a las dos de la tarde y salimos del mismo a las ocho, quedando hasta el gorro del barquito, del ideal paisaje, de tanto canapé repetido y ya seco, de tanto baile de sevillanas, porque que es un buen viaje que se precie sin un grupo de sevillanas que lo anime y doscientos cubatas de más, que eso si, cubatas había para hartar, aun con el peligro que alguno terminase formando parte del lecho del Guadalquivir. Claro que a lo mejor es que sin los cubatas no había nadie que soportara el viajito, que de haber durado hora y media o si hubiese podido disfrutar del maravilloso paisaje y hacer fotos habría sido maravilloso.
Claro que como todos sabemos, si algo está mal, siempre cabe la posibilidad de empeore hasta extremos infinitos, aquí no iba a ser menos.
Además del lento circular del barco, los canapés secos, las bebidas ya calientes, las sevillanas archirrepetidas y los compañeros de viaje que me importaban tres pimientos pero que con los efluvios etílicos trataban de ser los más simpáticos y agradables sin conseguirlo, lo peor del viaje fue que entre los invitados estaban dos televisiones locales, que ese pueblo era el más moderno del país y tenían entonces dos teles y por supuesto cada uno de ellas llevaba su cámara, que no sé donde coño sacó tanta batería y sus preguntadores jartibles
¿Se imaginan ustedes lo que es estar durante horas y horas con una cámara en el cogote? Una cámara que no paraba para nada y que te pillaba a traición en cuanto podía. No sé a los demás pasajeros, pero a mí me tenían completamente nervioso y en algún momento llego al histerismo. Nunca entenderé que merito puede tener verme comer, charlar, reír o rascarme los cataplines, porque nos sacaban estuviésemos haciendo lo que fuera, con la mala interpretación que da una imagen de televisión cortada en el momento inoportuno. ¿Todo el día comiendo? ¿Solo va para beber? ¿A quién estaba toqueteando?, y pueden seguir imaginando.
Ese día juré, y lo he cumplido, que nunca ¡Nunca! Más iría a algo parecido, ni pagándome.

Nota1: No tengo fotos de este viaje porque de haberlas tenido alguna vez las habría roto.

Nota2: ¿Se imaginan lo que puede ser un barco con todos sus suelos metalicos pintados con pintura deslizante para una persona con bastones?. Pues imaginen, porque yo en aquella época llevaba bastones.


martes 14 de julio de 2009

Mi historia en la radio: (Capítulo IV) El teléfono

Hace unos días comencé a contar, en plan abuelo Cebolleta, mis andanzas por las radios, y digo radios porque al ser piratas las primeras, la única salida que nos quedaba cuando había una denuncia, una investigación o nos olíamos una visita de las autoridades era cerrar y abrir de nuevo con otro nombre, ¿se puede ser más ingenuo? y con otra ubicación. Vamos como muchas de las empresas constructoras, pero lo que pasa es que nosotros ganábamos lo sucinto para vivir y además no dejábamos tirado o arruinado a nadie.
Así pasé unos pocos de años cambiando de nombre y de sitio, bueno lo del sitio tampoco era mucho problema porque nos apañábamos con un cuarto alquilado en cualquier parte, que yo he pasado por un cuarto decente, uno de casa de vecinos que antes había sido supongo que un dormitorio con derecho a cocina y retrete en el corral, una habitación en una casa noble, supongo que de cargadores o así, venida a menos, por una buhardilla que los últimos escalones debía subirlos arrastrando el culo, porque no había otra forma con los bastones y hasta en un gallinero, con sus gallinas y todo, que se pueden imaginar lo que es intentar hacer un programa escuchando por los auriculares un gallo cantando o un perro ladrando, pero se hizo.
¿Oyentes? Eso si teníamos y lo digo sin ningún tipo de vanidad y yo tenía muchos más porque me tocó hacer las mañanas y todavía no estaban ni la Campos ni la Ana Rosa dando el tostón. La verdad es que eran muchísimos y como ejemplo les voy a contar una anécdota:
Acababa de reaparecer Isabel Pantoja después de la muerte de Paquirri, había sacado un disco que se llamaba Marinero de Luces y era el no va más. Ese verano actuaba en Chipiona y la empresa nos hizo una campaña de publicidad donde durante 15 días regalábamos algunas entradas para el concierto.
Les aseguro que eran tantas las llamadas que teníamos que no nos daba tiempo a colgar el teléfono y la forma de hacerlo era mientras uno hacía el programa, otro estaba con el teléfono en la mano y en lugar de colgar normalmente lo hacía con un dedo para que diera tiempo a mas llamadas. Una cosa bestial, de verdad.
Claro que como al perro flaco todo se le vuelven pulgas y lo bueno no podía durar mucho, una mañana en medio del programa llamaron a la puerta y era un señor de Telefónica que se coló hasta adentro con cara destemplada.
- Ustedes que se han creído. Acaso creéis que una emisora pirata de mierda puede dejar sin teléfono a las doce del medio día a toda Sanlúcar.
Por lo visto el día anterior habían sido tantas las llamadas al mismo tiempo que la central de teléfonos de Sanlúcar de Barrameda había saltado y se había averiado dejando a todo el mundo sin teléfono y a ellos por lo que más les dolía era que habíamos dejado sin teléfono era a los bancos, porque repetían.
- Ustedes se creéis que podéis dejar sin línea a todos los bancos de Sanlúcar….
Y después de decir esto, ni corto ni perezoso se acercó a nuestro cable telefónico y nos dejó sin línea de la forma más fina que se puede hacer: Dándole un tirón al cable y a tomar por culo la bicicleta.
En ese momento no me dio tiempo ni a reaccionar, pero ahora que lo pienso creo que lo que era una mierda no era sólo la emisora de radio, sino la central de teléfonos de Sanlúcar de Barrameda.
Por cierto que uno que es muy mal pensado, y ya se sabe que los mal pensados casi siempre aciertan, cree que algo también tuvo que ver alguien del ayuntamiento en la historia del teléfono, porque además daba la casualidad que andábamos algo peleados porque ante la negativa a hacer una campaña de las galas de verano, nosotros la hicimos de las del ayuntamiento de Chipiona, y la Pantoja era mucha Pantoja.
¿Qué como solucionamos el tema del teléfono? Pues muy fácil le pedimos prestado el teléfono a la vecina de al lado, que no sabía el coñazo que se le venía encima y que la pobre era una santa, porque yo con un teléfono sonando y sonando preguntando por la radio, los habría mandado a hacer puñetas.

lunes 27 de abril de 2009

La caricatura

Una tarde de sábado estaban mis sobrinos en mi casa, y como era de esperar todos delante del ordenador.
- Titi, no te mires.
- ¿Ya estáis haciendo una de vuestras barbaridades?.
- Luego te lo enseñamos.
Yo me esperaba cualquier cosa, pero cuando me llamaron y me enseñaron lo que tenía delante de la pantalla no me lo podía creer.
- Lo ha hecho el Carlito.
Cuando lo vi salí riéndome de la ocurrencia. Con uno de esos programas que hacen caricaturas, había hecho una mía y la verdad es que quedó bastante bien y me divirtió mucho.
- No la borres. Guárdala que me ha gustado mucho.
Y aquí se la dejo, para que ustedes también la puedan ver.
Autor: Carlitos Barba

martes 21 de abril de 2009

Un lunes en Bajo de Guía

El pasado lunes me pedí un día de vacaciones, con la sugestiva idea de no hacer absolutamente nada.
Me levanté y salí sin rumbo, y de pronto me encontré paseando por Bajo de Guía. A mí me fascina la zona, pero no sólo los restaurantes y la buena comida, sino que también la de calles estrechas y laberínticas que poco a poco van desapareciendo en aras de los planes urbanísticos y el disloque constructor de estos años atrás, que ahora incluso parece que echamos de menos. ¡Qué cosas!.
Pasear por lo que queda de las calles, por lo que queda del barrio marinero, es una de las delicias que quedan, sobre todo si es en una preciosa mañana soleada.
Además de mirar y pasear tranquilamente, me dediqué a hacer fotografías a todo aquello curioso, bonito o divertido que podía encontrar, como suelo hacer siempre y de ahí que ya mi ordenador esté repleto con las más de cuarenta mil fotografías que como un día se estropee el pece me voy a “jarta” de llorar.
- Tienes que hacer una exposición.
- Un día de estos...
Una de las cosas que descubrí el lunes fue la cantidad de de azulejos de la Virgen del Carmen que existen por metro cuadrado en aquella zona.
Deben ser un buen montón y me he propuesto ir una mañana o una tarde y fotografiar todas las que hay, aunque la verdad es que algunas son bastante feas y todavía no entiendo cómo se atreven a tenerlas en las puertas de sus casas.
Estuve hasta aproximadamente hasta la una y media en una tranquila y relajada mañana, de esas que estoy convencido que muchísima gente envidiaría, aunque a muchos lugares no pude entrar o entre con mucho trabajo porque todavía no tengo una silla todoterreno, que todo se andará.
Pero claro, era solo un día y el martes tuve que volver al trabajo cotidiano y sobre las once de la mañana se presentó en mi mesa de trabajo un señor.
- Buenos días Antonio.
- Hola, buenos días.
- Ayer estuvo usted en Bajo de Guía.
- Si.
- ¿Haciendo foto?.
- Si.
Ya empezaba a mosquearme tanta preguntita.
- ¿Para que eran esas fotografías?.
- ¿Cómo?
- Si, que para que eran las fotos que hacías.
- Para nada en particular.
Me quedé pasmao. Si unimos un curioso y una cámara puede ser un hecho potencialmente peligroso para todo el que mira, que siempre cree que se está fotografiando algo que le puede perjudicar. Claro que si el curioso trabaja en el Ayuntamiento de la ciudad, que es mi caso, aunque sea con el papeleo, las fotografías pasan de algo peligroso, a altamente peligroso.
En un principio tuve la idea de decirle que a él que le importaba el motivo de mis fotografías, pero rápidamente pensé que no tenía porque ser maleducado y preferí explicarle la razón de mis fotos, aunque él no se fue nada tranquilo y rumiando sobre lo que haría yo con las fotografías.
Claro que es mu rarito que un tío esté la mañana de un lunes con una cámara haciendo fotos a todo un barrio. Que se le va a hacer. Aunque yo también me quedé sin saber porque se había molestado tanto en ir al Ayuntamiento para enterarse de mis fotografías. Por algo sería, ¿no?.