viernes, 4 de abril de 2008

La profesora de manualidades

Hoy me he acordado de ti. Si, de ti. Porque haciendo limpieza de las mil millones de porquerías que tengo por los cajones encontré un papelito donde tu me apuntaste las canciones que querías que te buscara en emule. No sabía que ese papelito estaba ahí, estaba todavía ahí, ¿te llegué a buscar alguna vez las canciones?
Me he acordado de la tarde de los viernes, de la tarde de los viernes cuando yo hacía un mamarracho de rosa, que tu te empeñabas en arreglar dando resueltas pinceladas sobre trazos torpes, al tiempo que me decías "Esta muy bien”, aunque los dos sabíamos que estaba muy mal, aunque a mi me importaba muy poco porque me divertía y me relajaba estar la tarde de los viernes pintando o haciendo manualidades que nunca podré poner en ningún sitio sin que todos los que la vean piensen que es simplemente un mamarracho. ¡Que dios no hizo mis manos para los pinceles!
¿Te acuerdas del día del ácido la que armamos? Habíamos pensado grabar al acido algunos dibujos en cristal y ahí nos trajimos nuestros jarrones, nuestro ácido y, lo peor, nuestros manuales donde decía que había que tener mucho cuidado. Pues nada, nosotros más cuidado que nadie: guantes, mandil, y no se cuantas cosas mas porque no estábamos dispuestos a que nos ocurriese una desgracia. Después de un rato de dar con el ácido sobre el cristal, ocurrió lo que tenía que ocurrir, una gota de ácido cayó sobre la mano de uno de los grabadores y ¡sorpresa!, aquello no puso ni roja la piel del que le cayó. Lo que nos reíamos. Sabes, todavía guardo el tarro de acido.
Cuantos recuerdos, cuantas risas, algún enfado, pero también eran necesarios y cada semana uno que pagaba los dulces.
- Antonio, no te pases que tienes azúcar.
Un viernes nos dijiste que la semana siguiente no habría manualidades porque tenías que salir de viaje. Y ese fue el viaje de nunca volver. A los pocos días nos enteramos que un maldito infarto te había llevado a pintar a otra parte, y todos nos pusimos tristes, tan tristes que creo que ninguno de nosotros ha cogido más un pincel. Nunca terminé, ni creo que termine, el belén que estaba pintando.
¿Sabes una cosa? Me acuerdo de ti un montón de veces, te he echado de menos, profesora de manualidades, miles de veces. Que sepas que voy a guardar el papelito con tu letra dentro de la caja de pinturas y pinceles que aguarda debajo de mi cama un día en que me apetezca de nuevo volver a pintar, un día que nunca llegará porque ya no tendré nadie que me corrija los trazos torpes de la rosa roja.

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