domingo, 21 de abril de 2013

Niños Llorones



"Niños Llorones", flor de la acacia

Creo recordar que delante de mi casa en los Llanos de Bonanza, donde viví hasta los siete años, había una acacia y uno de los recuerdos de mi niñez es comer los famosos en esa época "niños llorones", que no eran otra cosa que la flor de la acacia. Recuerdo que tanto mi padre como mis tíos eran los que me daban niños llorones, porque unas de las golosinas que teníamos los niños de esa época eran las flores de las acacias, de las que yo no recordaba bien el sabor, pero si sabía que las había comido muchas veces.
Después, en Bonanza, eran mis amigos los que se subían a los árboles a cogerlas y me las daban a mí, porque yo era de las pocas cosas que no podía hacer, bueno si estaban un poco bajitas y había alguna rama se intentaba y a veces hasta lo conseguía, que casi no me he privado de nada, porque llegar hasta donde estaban las acacias, las moreras, los cerros de la Dinamita o la playa no me privaba, ¿cómo?. Otro día lo contaré con más detención, que menos mal que la Bonanza de esa época era de calles arenosas y pasaban muy pocos coches.
Pero vamos a la historia que hoy nos ocupa, porque hace unos días me dio por dar un paseo, hacer un poco de ejercicio, tomar el sol e intentar que el "azúcar" no dé tanto el tostón. Ese día me fui a la zona de la Jara, donde se encuentra la rampa de madera que permite bajar a la playa, entre otras razones porque desde allí se hacen unas bonitas fotos, donde puedo, hay unas buenas matas de margaritas, que ahora estoy con la manía de convertir mi pecera en el trocito de naturaleza en mi casa, que cada cual tiene sus manías y además subir la rampa de madera, aunque cada día que voy suelo quedar como un desagradecido cuando le digo que no a alguna persona que intenta ayudarme a subir, aunque siempre procuro decirlo de una forma agradable e incluso me da mucho corte decirlo.
- Gracias, pero es que lo que pretendo es hacer un poco de ejercicio. Se lo agradezco de todas formas, y no sé cuantas cosas más.
El otro día me encontraba bajando la rampa para llegar por lo menos hasta la playa, porque ya meterme en fregaos de arena seca con la silla es algo que ni siquiera pienso intentar, cuando apareció delante de mí un racimo de niños llorones.
Supongo que yo habré pasado por allí decenas de veces y los habré visto otras tantas, pero ese día parece que un resorte me impulsó a acercarme. A lo mejor porque estaban cerquita e incluso estirándome un poco podría llegar a cogerlos y recordar el sabor que tenían, aunque en el intento pudiese cargarme el visor de la cámara de fotos, que me lo cargue, pero bueno, que le vamos a hacer.
Después de tener el racimo en mi mano y probarlo he de reconocer que no me parecieron tan buenos como yo creía recordar, y supongo que con el sofoco de la cámara mucho menos, pero me comí unos cuantos, tenían un cierto sabor a yerba y a lo mejor en una ensalada hasta están buenos. Les aconsejo que los prueben, si no los probaron de chicos.

Nota: Este comentario estaba previsto que se escribiera el mismo día en que sucedió, pero con el disgusto de la cámara de fotos no tenía ni ganas. Ahora, pasados unos días y una vez que me he dado cuenta que no importa lo del visor, que puedo utilizar el otro, que yo me había puesto muy cómodo y no utilizaba el de toda la vida, el de poner el ojo, y además así consume mucha menos batería, ya estoy relajado y me da exactamente igual.
Estado de mi pecera con las margaritas amarillas y blancas

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