Por
cierto, tengo la sensación de que me voy a meter —nunca mejor
dicho— en un jardín. Pero lo voy a hacer, sí señor: voy a
meterme en ese jardín, porque he visto que en algunos lugares
todavía crece la hierba verde.
El verde es un color mucho más
agradable que el gris o el marrón arena. Recuerdo —y creo que
incluso tengo alguna foto por ahí, que un día de estos buscaré—
cuando la pared del cementerio se vestía de verde, y hasta resultaba
bonita. Ahora, en cambio, tengo la impresión de que han echado
herbicidas… O tal vez me equivoque y simplemente las plantas hayan
decidido, de manera espontánea, no nacer allí.
Lo cierto es
que ya no crece ni un jaramago, con lo importante que era eso. No
solo por la belleza y la estética de la zona —que desde luego
lucía más vistosa con el verde que con el gris de la tierra—,
sino también por lo que significaba: los pájaros paraban allí.
Gorriones, e incluso jilgueros, llegué a ver en esas matas que, por
otra parte, no molestaban a nadie. No estorbaban a peatones, ni a
coches, ni a nada.
—“Pero atraían a las ratas”, dirán
algunos.
Pues no, señor. Las ratas no se alimentan de hierba,
ni verde ni seca. Ellas se dan los festines en los contenedores, en
las bolsas abandonadas junto a ellos o en la basura que tiramos sin
cuidado. Esos son sus verdaderos bufés libres. Y mientras tanto,
seguimos arrojándolo todo sin importarnos las consecuencias.
Ojalá
algún día —aunque sea dentro de un siglo— las plantas
silvestres, porque de sembrar otras mejor ni hablar, vuelvan a ese
lugar. Solo así podremos acabar con otro de tantos rincones marcados
por el feísmo.

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