sábado, 16 de agosto de 2025

Nadie es perfecto: Meterme en un jardín

Por cierto, tengo la sensación de que me voy a meter —nunca mejor dicho— en un jardín. Pero lo voy a hacer, sí señor: voy a meterme en ese jardín, porque he visto que en algunos lugares todavía crece la hierba verde.
El verde es un color mucho más agradable que el gris o el marrón arena. Recuerdo —y creo que incluso tengo alguna foto por ahí, que un día de estos buscaré— cuando la pared del cementerio se vestía de verde, y hasta resultaba bonita. Ahora, en cambio, tengo la impresión de que han echado herbicidas… O tal vez me equivoque y simplemente las plantas hayan decidido, de manera espontánea, no nacer allí.
Lo cierto es que ya no crece ni un jaramago, con lo importante que era eso. No solo por la belleza y la estética de la zona —que desde luego lucía más vistosa con el verde que con el gris de la tierra—, sino también por lo que significaba: los pájaros paraban allí. Gorriones, e incluso jilgueros, llegué a ver en esas matas que, por otra parte, no molestaban a nadie. No estorbaban a peatones, ni a coches, ni a nada.
—“Pero atraían a las ratas”, dirán algunos.
Pues no, señor. Las ratas no se alimentan de hierba, ni verde ni seca. Ellas se dan los festines en los contenedores, en las bolsas abandonadas junto a ellos o en la basura que tiramos sin cuidado. Esos son sus verdaderos bufés libres. Y mientras tanto, seguimos arrojándolo todo sin importarnos las consecuencias.
Ojalá algún día —aunque sea dentro de un siglo— las plantas silvestres, porque de sembrar otras mejor ni hablar, vuelvan a ese lugar. Solo así podremos acabar con otro de tantos rincones marcados por el feísmo.

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