domingo, 5 de abril de 2009

Semana Santa de niño

Hoy, domingo de ramos, he estado tentado de ir a ver la salida de las procesiones de Semana Santa, pero al final desistí después de haber salido incluso de casa.
La verdad es que irse a ver procesiones en silla de ruedas es muy complicado y se deben tener muchas ganas para hacerlo, porque meterse en medio de una multitud donde todos te sobrepasan un metro, es como mínimo un tostón. También están los palcos que suelen poner en algunas calles, desde donde se ve muy bien e incluso existen algunos adaptados para discapacitados, pero yo paso porque tengo un recuerdo un tanto pesado de los palcos o de las sillas que ponen para ver la semana santa.
Yo estuve unos cuantos años en San Juan de Dios de Sevilla, en Jesús del Gran Poder, creo que fue desde los ocho o nueve años hasta los quince en que pase a la Ciudad de San Juan de Dios en Alcalá de Guadaira. Allí estaba todo el año, excepto el mes de agosto venía a mi casa. Todo el año metido en una cama.
La Semana Santa rompía la monotonía de todo el año porque nos llevaban a ver los pasos de la Semana Santa de Sevilla. Creo que a mí lo que más me gustaba era que me vestía para salir a la calle y dejaba aparcado el pijama, por lo menos por un ratito. Me hacía ilusión cuando llegaba el hermano con las ropas de calle e iba repartiéndolas según las tallas, casi siempre nueva, a estrenar y que ya no se utilizaba más que para ir un día a la feria.
Era romper la monotonía de estar todo el día en la cama. Era la posibilidad de ver cosas nuevas, algo que no se hacía durante el año.
Esa era la parte buena, pero también tenía la parte mala que no me gustaba y que creo que hizo que después no me guste estar esperando los pasos en la calle.
Después del almuerzo comenzaban los preparativos con el reparto de las ropas a todos los niños que estábamos allí. Os podéis imaginar la algarabía, el escándalo, la diversión de un montón de chiquillos, a los que iban a poner ropas nuevas y sacar a la calle. Una vez que todos estábamos preparados nos llevaban montados en una cama, os podéis imaginar el guirigay de ocho o diez niños de pocos años montados en una cama de ruedas hasta llegar a la furgoneta que nos llevaría a la Semana Santa.
Sobre las cuatro de la tarde nos dejaban en la Campana, de Sevilla, un lugar por donde pasan todas las hermandades de Semana Santa y donde desde las cuatro de la tarde hasta la una de la noche estábamos viendo pasar imágenes. Pero esto que podía ser una diversión, para mí se convertía en algo que no me terminaba de gustar porque estar seis o siete horas sentado en una silla, sin poderte mover, llega a ser bastante coñazo. Pero además recuerdo que me ponía “atacao” que cada vez que llegaba una hermandad, todo el mundo muy respetuoso se ponía de pie, con lo cual me jodían la visión, porque yo no me podía levantar. A los que tenían la suerte de estar en la primera fila se divertían pidiendo cera, como hacen ahora muchos chiquillos, a los nazarenos, palabra que a mí me chocaba muchísimo porque aquí yo siempre había oído que les llamaban penitentes, mas tarde me enteré que en realidad eran lo mismo, y ahora en Sanlúcar también se ha impuesto el termino nazareno sobre el de penitente.
- Oiga que no vemos, oiga que no vemos.
Esa era la frase que lanzábamos todos los niños de San Juan de Dios, pero por lo visto era más importante el respeto a la hermandad que a los niños que nos quedábamos sin ver.
- ¡No olvidéis los bocadillos!
Esa era la frase que repetía el hermano Blas cuando salíamos y era importantísimo el bocadillo, solo recuerdo el de carne membrillo con queso, por aquello de las vigilias, que nos daban, no recuerdo sin con una coca cola, que creo que no porque de haberla habido me acordaría.
Como pueden imaginar yo cuando llegaba las siete de la tarde estaba ya hasta el gorro de todo, pero tenía que aguantar hasta la hora de irnos. Coño, será posible que no me acuerde como solucionábamos lo del pis.

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